El domingo pasado fue uno de esos días que uno guarda en el rincón más cálido de la memoria. Salí a pescar pejerreyes en la sexta región, específicamente en la cuenca del Cachapoal, un lugar que conozco bien como escenario de truchas, pero que siempre me sorprende con nuevas lecciones, esta vez con pejerreyes.
Pero no fue una jornada cualquiera. La pesca de pejerrey chileno en la cuenca del Cachapoal tiene su propio ritmo y sus propios secretos. Con el río en silencio, esquivo y sin dar muchas pistas, uno se ve obligado a agudizar los sentidos, a leer cada detalle, cada textura en la superficie, cada movimiento mínimo. La del pejerrey chileno es una pesca que se vive más con la vista y la intuición que con la fuerza del brazo.


El río estaba precioso, con ese tono que te invita a creer que todo es posible. Pero el pejerrey chileno es otra historia. A diferencia del argentino, nuestro pejerrey no tiene la boca protráctil. Eso cambia todo. No «chupa» la mosca como lo haría su primo del otro lado de la cordillera. Si sientes la picada, probablemente ya fue. Si clavas en ese momento, ya no está. Esa pequeña diferencia hace de la pesca del pejerrey chileno una disciplina en sí misma.
Vamos a la pesca del pejerrey chileno en la cuenca del Cachapohal
Comencé la jornada pescando al borbolo, lanzando una pequeña emergente, tratando de imitar esos insectos atrapados justo en el límite de la superficie. Pero los resultados no llegaban. El río estaba activo, sí, y mi compañero se hacía un festín pescando uno tras otro, pero no podía encontrar el timing necesario. Fue entonces cuando empecé a notar cierta actividad en superficie, pejerreyes que subían con decisión a tomar algo que mi vista no lograba individualizar, por lo que probablemente se trataba de algún díptero diminuto. Cambié la estrategia, armé mi línea con una de esas micro moscas seca que ya atamos acá en el blog y ahí comenzaron las respuestas. Esos círculos apenas visibles, esos sutiles quiebres en la lámina del agua, eran las señales que había que seguir. Y al fin, comenzaron las capturas. Pejerreyes firmes, escurridizos, combativos. Nada mejor que verlos romper la tensión superficial para tomar la mosca.




Fue un día frío, con algo de lluvia tenue que no logró aguarnos el ánimo. Pero lo más importante no fueron las capturas —aunque logramos algunas bien bonitas—, sino el encuentro. Ese día conocí a Diego. Un pescador curtido en estas aguas, un verdadero conocedor del pejerrey. Me atrevo a decir que lo suyo por esta especie es pasión pura, tanto que incluso lo prefiere sobre la trucha. Compartir el río con alguien así fue un regalo inesperado. Sus conocimientos, su paciencia, su forma de leer el agua… fue como tener un libro abierto de sabiduría ribereña al lado, con la generosidad de quien disfruta enseñando.

Estuvimos charlando en el viaje, entre lanzamientos, intercambiando impresiones y filosofías de pesca. Aprendí más en ese día que en muchas salidas buscando a estos bribones. Y lo más lindo de todo: gané un amigo. Lo mismo con Miguel, el corresponsal del lugar…jejejej, si bien no alcanzamos a pescar juntos, quedó todo dispuesto para revivir la jornada y seguir capturando momentos y amistades. Porque al final, eso es lo que realmente queda de estas jornadas. Las cañas se guardan, las moscas se secan, pero los lazos que se tejen adentro del río perduran.

Cierre y agradecimientos…
Gracias, Diego, por las fotos para este escueto recordatorio de lo vivido, por esa compañía generosa y esa pasión tan contagiosa. Por mostrarme que la pesca de pejerrey chileno en la cuenca del Cachapoal puede ser una aventura tan técnica como emotiva. Y por enseñarme que a veces, lo más importante que uno saca del agua… no tiene aletas.

Nos vemos en la próxima, con cañas listas, corazones abiertos y la esperanza intacta de que el río vuelva a regalarnos otro día como este.
Toto.
Nos vemos en el río
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