La última vez que pesqué con Janito estábamos sentados en una mesa llena de plumas, hilos y anzuelos. Atando moscas. Planeando salidas que nunca se concretaron. Eso fue hace más de 15 años. La vida tiene esa costumbre cruel de ir metiendo distancia entre las personas sin que uno se dé cuenta — no es que peleemos, no es que dejemos de querernos. Simplemente los días se van apilando y cuando quieres acordar, han pasado 15 años desde la última vez que compartiste un río con alguien que significaba mucho para ti.
Este artículo no es un resumen del video que te dejo más abajo. Es todo lo que la cámara no pudo captar: lo que sentí al volver a ver a Jano preparando su equipo como si el tiempo no hubiera pasado, las decisiones técnicas que tomamos cuando el río nos puso a prueba, y una Fox Terrier que hizo todo lo posible por arruinar cada captura jajaja.
El video de la jornada
Lo que significó volver a pescar con Jano

Hay algo que no se puede grabar con ninguna cámara: ese momento en que te bajas del auto, ves a tu amigo después de 15 años, y todo vuelve. Los chistes internos, las mañas, la forma en que arma su bajo de línea. Es como si alguien hubiera puesto pausa y la acabara de soltar. Juntarse con Janito fue un agrado enorme, de esos que te dejan una sonrisa idiota por dentro durante todo el día.
Éramos cuatro mosqueros y medio esa mañana: mis grandes amigos Mauro y Tito — con quienes salimos bastante a pescar y ya tenemos varios videos en el canal —, Janito y yo. El medio es Mía, mi Fox Terrier, que cuenta como medio integrante porque lo que aporta en compañía lo resta en disciplina. A las 6:30 ya estábamos todos en la ruta, con esa energía de salida que solo conoce el que madruga para ir al río.

Un río espectacular con un desafío claro
El Río Claro nos recibió con sus aguas cristalinas y esa vegetación salvaje que parece tragarse las orillas. Pero traía un desafío importante: niveles de agua mucho más bajos que en temporadas anteriores. Las nubes amenazaban con lluvia que nunca cayó, y un viento molesto complicaba cualquier presentación fina.
Para coronar la logística del día, en el lugar donde estábamos había un matrimonio. Así que olvídense del almuerzo — Pero nada que unos snaks no pudieran remediar.
Por qué cambié de estrategia: la lección del tándem en el Río Claro
Empecé confiado con las mismas dos ninfas que me habían funcionado en el Río Teno. Error. Al tercer lance las perdí ambas en unas ramas. El río me estaba avisando temprano: hoy las reglas eran otras.
Fue Mauro quien me dio la clave. «Usa tándem», me dijo. Y tenía toda la razón. Lo que el video no explica en detalle es por qué el dry-dropper era la única opción lógica ese día: con el río tan bajo, las ninfas sueltas se enganchaban en cada piedra del fondo. Necesitaba algo que mantuviera control desde arriba. Monté mi CDC con Kapok — que flota como un corcho y resiste el viento — y abajo un perdigón vitamina en #16 con tungsteno de 2,5 mm. La seca servía como indicador y la ninfa trabajaba a media agua, lejos del fondo enganchoso.
Pero la clave real vino después, en los pozones profundos. Ahí el perdigón vitamina no bastaba — necesitaba algo que bajara más rápido y se presentara justo en la nariz de las truchas grandes que estaban pegadas al fondo. Cambié a mi vieja confiable: la oreja de liebre. Algunos de mis amigos le dicen «el gusano» y todavía no entiendo por qué… jajaja. Lo que sí sé es que esa mosca tiene algo — ese no-sé-qué que las truchas grandes no pueden resistir.

Mía: la peor compañera de pesca del mundo (y la que más quiero)
Hay que decirlo sin filtro: Mía se portó pésimo. Mi Fox Terrier tiene una obsesión con todo lo que se mueve — pájaros, ratones, lagartijas, insectos — pero los peces son su perdición absoluta. Cada vez que clavábamos una trucha, se lanzaba al agua helada a perseguirla. No le importaba el frío, ni las piedras resbalosas, ni nuestros gritos desesperados.

Había que estar encima de ella permanentemente. Te descuidabas un segundo y ya estaba metida en el río intentando manotear la trucha antes de que pudieras liberarla. Y no era solo eso: no le gusta cruzar las partes profundas sola, así que había que cargarla como una guagua cada vez que cambiábamos de spot. Es peor que una hija chica, pero la amo.
Lo que el video muestra parcialmente pero no transmite es el nivel de caos real. Imagínate estar peleando una trucha, de esas bonitas, con la línea tensa, el corazón a mil, y de reojo ves a Mía lanzándose desde una piedra directo hacia tu pez. Entre los gritos de «¡Mía, sal de ahí!» y las carcajadas de los demás, cada captura se convertía en una operación de tres personas: uno peleaba la trucha, otro sostenía a Mía y otro preparaba el chinguillo.

El doblete que selló el reencuentro
Y entonces pasó algo que no se puede planificar. Estábamos pescando cerca Jano y yo, como en los viejos tiempos, cada uno en su pozón. Y de pronto — pique. Pero no uno. Dos. Al mismo tiempo. Un doblete después de 15 años sin pescar juntos.
Hay regalos del río que no se pueden comprar ni repetir. Ese fue uno de esos. Como si el agua supiera que esto era más que una salida de pesca. Como si el Río Claro quisiera sellar este reencuentro con algo que recordáramos para siempre.
Las dueñas del Río Claro
Después del doblete, aparecieron las truchas que le dan fama a este río. Una hermosa hembra de más de un kilo que me dio más de alguna complicación para ingresarla al chinguillo — con Mía encima, por supuesto. Mi oreja de liebre se estaba transformando en la leyenda de la jornada.

Luego vino el turno de Mauro con una trucha que se le había insinuado un par de veces a Tito pero que no pudo capitalizar. Ahí se nota la experiencia de un curtido por las aguas — Mauro leyó la situación, ajustó su presentación y cerró el trato.


Y un poco más arriba, mi trofeo personal. Un macho precioso que me regaló una pelea de esas que te dejan las manos temblando. Tito tuvo la oportunidad de devolverme la moneda empeñada en el Río Remehue hace unas salidas atrás — historia que también les conté en el canal — ayudándome con el chinguillo en el momento justo. En ese instante imperecedero en que estás frente a la trucha, siempre es todo o nada. Y esta vez fue todo.

Lo que el Río Claro todavía guarda
No es un secreto que al Río Claro le han sacado mucho. Redes, pesca indiscriminada, gente que se lleva todo lo que pica. Y sin embargo, ahí siguen. Truchas como las que sacamos ese día no deberían existir en un río tan castigado, pero existen. Y eso me genera una mezcla de gratitud y responsabilidad que es difícil de explicar. Cada trucha que devuelvo al agua es un acto de fe — la esperanza de que la próxima temporada, cuando vuelva con Jano o con Tito o con quien sea, esas mismas truchas hayan dejado su huella en el río. Que sus crías estén esperando en algún pozón, creciendo, volviéndose las dueñas de su tramo. Eso vale más que cualquier foto.
El regreso en silencio
El camino de vuelta fue silencioso. Mía dormía tapada con su toalla, agotada de perseguir truchas todo el día. Y nosotros íbamos con esa satisfacción que solo te da un día perfecto en el río.

15 años esperando para volver a pescar con Jano. Y el río nos regaló un doblete, truchas de trofeo y algo que no se mide en kilos ni en centímetros: recuperar una amistad que el tiempo había puesto en pausa. Porque al final, las truchas vuelven al agua, pero los momentos con los amigos — esos te los llevas para siempre.

Preguntas frecuentes
¿Qué es la técnica tándem o dry-dropper en pesca con mosca?
Es un sistema donde montas una mosca seca (que flota y sirve como indicador) con una ninfa colgando debajo. Permite pescar a dos profundidades simultáneamente y es ideal cuando el río está bajo y el fondo es enganchoso, porque la seca mantiene la ninfa a media agua en vez de arrastrarla por las piedras.
¿Por qué la oreja de liebre es tan efectiva en pozones profundos?
La oreja de liebre (Hare’s Ear) tiene una textura natural que imita múltiples ninfas acuáticas. Con tungsteno pesado, profundiza rápido y llega a donde están las truchas grandes. Las fibras sueltas del dubbing le dan movimiento propio en el agua — esa «bichosidad» que las truchas no pueden resistir.
¿Cuál es la mejor época para pescar con mosca en el Río Claro?
La temporada va de septiembre a mayo. Los meses de noviembre a enero suelen ofrecer las mejores condiciones. Es importante consultar las regulaciones vigentes de Sernapesca antes de cada salida.
¿Se puede llevar perros a pescar con mosca?
Sí, pero prepárate para el caos. Si tu perro persigue animales — como Mía — va a intentar cazar cada trucha que claves. Lo ideal es tenerlo supervisado o que alguien del grupo se encargue de controlarlo mientras pescas. Eso sí, la compañía y los momentos que te regalan no tienen precio.
Nos vemos en el río. Toto.
Nos vemos en el río
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